lunes, 21 de enero de 2013

La vida es sueño


Tu voz pudo enternecerme,
tu presencia suspenderme,
y tu respeto turbarme.
¿Quién eres? que aunque yo aquí
tan poco del mundo sé,
que cuna y sepulcro fue
esta torre para mí;
y aunque desde que nací
(si esto es nacer) sólo advierto
este rústico desierto
donde miserable vivo,
siendo un esqueleto vivo,
siendo un animado muerto;
y aunque nunca vi ni hablé
sino a un hombre solamente
que aquí mis desdichas siente,
por quien las noticias sé
de cielo y tierra; y aunqué
aquí, porque más te asombres
y monstruo humano me nombres,
entre asombros y quimeras,
soy un hombre de las fieras
y una fiera de los hombres.
Y aunque en desdichas tan graves
la política he estudiado,
de los brutos enseñado,
advertido de las aves;
y de los astros süaves
los círculos he medido:
tú sólo, tú, has suspendido
la pasión a mis enojos,
la suspensión a mis ojos,
la admiración al oído.
Con cada vez que te veo
nueva admiración me das,
y cuando te miro más,
aún más mirarte deseo.
Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser,
pues cuando es muerte el beber
beben más, y desta suerte,
viendo que el ver me da muerte
estoy muriendo por ver.
Pero véate yo y muera,
que no sé, rendido ya,
si el verte muerte me da
el no verte qué me diera.
Fuera más que muerte fiera,
ira, rabia y dolor fuerte;
fuera muerte, desta suerte
su rigor he ponderado,
pues dar vida a un desdichado
es dar a un dichoso muerte.
• LA VIDA ES SUEÑO - Calderon de la Barca

viernes, 7 de diciembre de 2012

Eterno retrato de lo efímero

¡Es un gran palacio dorado! Sentado en un gran escaparate de cara al público y detrás de los músicos observo el espectáculo de las decenas de caras que ocupan las rojas butacas del teatro. En la platea abundan hombres y mujeres que hablan de vanalidades y política sin darse cuenta que oscurecen un ambiente tan brillante con palabras demasiado graves. Para no molestarme me aferro a la idea de que pronto estas tristes voces serán sustituidas por vibrantes melodías de violín y fluidos cantares de oboé. Hoy el teatro esta medio lleno (o medio vacío, para los pesimistas) pero seguro que en pocos minutos llegaran precipitadamente grandes señores y escuálidas damas, acalorados pero sin sudar, que buscarán con aparente tranquilidad y disimulada vergüenza su sitio en los laterales, pues las luces se han apagado y ya entran los músicos.

Detrás de las grandes puertas hay los artistas temblando de miedo e intercanviando a base de susurros los últimos apuntes para la velada. Están nerviosos. No les culpo. Hoy van a tocar el Réquiem. Me pregunto si tiene mucho sentido tocar un Réquiem estando todos los presentes tan vivos como puedo observar. De todas formas en la tercera fila hay un caballero que no se mueve. Quizás murió y va dedicado a él. Qué detalle tan humilde ha tenido dejando ocupar el centro de la escena a los músicos. Su señora que debería estar llorándolo le da un codazo. ¡Qué cruel con su marido de cuerpo presente! Sobresaltado, a la par que avergonzado, se despierta precipitadamente. Quiere que dé sensación de que no volverá a caer en la trampa de Morfeo, pero por sus interiores reza a Dios para no roncar.

Los músicos ocupan su lugar en el escenario. Forman un bonito semicírculo de instrumentos brillantes. Se nota que los aman. Me encanta este momento en que empiezan a tocar todos la misma nota, al principio fuera del registro y a medida que avanzamos, cantan todos un precioso La. Qué bella harmonía. Del caos nace el orden. De muchos uno. Todos los corazones de esas delicadas herramientas vibran a la vez para alcanzar un mayor fin.

Seguidamente sale el director. Lleva el pelo perfectamente rasurado intentando asemejarse a una seta o a un motorista retro. En las primeras filas se hace una quiniela sobre si es real o una peluca. Va ganando la segunda opción. Llega al estrado y hace una fugaz reverencia al público. Mira a los músicos. Sin mediar palabra agita los brazos en el aire y la orquestra estalla en un dulce rugido. Brusca entrada a tan delicada aventura.

Qué preciosidad de orquestra. Los violinistas se mueven como poseídos por la música y sus arcos cruzan el aire, a veces aporreándolo insensiblemente y otras acariciándolo con todo el amor del mundo.  Mueven los dedos todos a la vez como hábiles costureros. Tejen los sonidos de lo eterno. Convierten los inertes puntos del papel en puros sentimientos. Imaginaos al genio Mozart, en sus delirios antes de morir, escuchar en su cerebro sentimientos y plasmarlos en el pentagrama. ¿Sabía que los oiríamos? Quería susurrarnos al oído en un lenguaje que no entendemos bellas historias, amores y desgracias. Quería que pudiésemos ser genios efímeros. Que por unos segundos fuésemos los dueños del mundo. Que sus notas nos liberaran, nos hicieran volar.

Detrás de la cuerda está el viento con sus grandes tubas, trompas y trompetas antaño doradas y que, a fuerza de cantar, van perdiendo el brillo. Creo que regalan una gotita de oro en cada nota que nace de sus entrañas para que embellezca el alma del corazón embelesado que la acoge. ¡Qué bonito oficio! Las miro unos minutos desteñirse y depositarse en los espectadores. En el corazón de esa anciana que en el reservado siente nacer un viejo amor. En ese hombre de negocios que olvida por un momento su teléfono móvil y la bajada de la bolsa. En ese niño que nunca olvidará este momento. En esa muchacha que desde lo alto del semicírculo siente que una sensación dulce se ha apoderado de ella por unos segundos. Qué bello espectáculo ver viajar las pepitas doradas hacia auditores al azar.

Detrás del ejército de violines que llevan el peso del acto y del delicado cinturón que forma el viento llega la percusión sobre la que recae el ritmo del concierto. A mano izquierda del director hay un hombre alto, escuálido, blanco como la leche dentro de un negro traje que le hace parecer más imponente. Pasa minutos mirando atento la partitura que no contiene más que silencios y al final un discreto punto donde debe actuar. Está muy atento al tiempo, al director, al violín, mira el papel, cuenta silencios, mira al director y vuelve a contar. Qué bonita ocupación estar rodeado de la más maravillosa música y contar los silencios que contiene. 1, 2, 3, 4, debe pensar y vuelta a empezar: 1, 2, 3, 4... y se cambia las baquetas de mano. 1, 2, 3, 4. Se pone rígido, va a actuar: miro con atención como cuenta el maravilloso silencio: 1, 2, 3, 4. Pero no golpea el tambor, se vuelve a relajar tímidamente y vuelve a contar silente. 1, 2, 3, 4. Nos reímos de su actitud pasiva en la obra. No hace nada: el director cuál marioneta, quema las grasas a montones. Los violines están poseídos por musas epilépsicas que mueven furisosos sus miembros y el viento resuena profundo en una cueva. Pero él, El Chico de los Bombos, no se mueve, está impasible, cuenta la nada: resulta chistoso. Sabe que nos reímos y nos mira con rabia y enojo ¡qué miedo! y vuelve a su cuenta infinita: 1, 2, 3, 4. Director 1, 2, 3, 4. Baquetas, rígido y volvamos a empezar.

Para relajarme miro al techo donde confluye el dorado con un intenso azul modernista. Donde un bosque choca con la estatua petrificada de unos caballos sobre el cenit del escenario. La música se filtra en el aire y les da vida, hace danzar las estatuas de las musas que adornan las paredes, mueve las ramas de los árboles del techo y arranca relinchos de los caballos tiempo atrás mudos, y a ellos se unen mi corazón y mi alma que llevaban tiempo callando para recordarme lo bonito que puede ser el mundo. Lo eterno que es un bello instante.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

¿Cuál es tu sueño para hoy?

Ésta es la pregunta escrita en la puerta de mi habitación, negro sobre blanco. Ésta es la pregunta que me asalta cada mañana cuando aún no he vuelto a la realidad, buscando inquisitiva una respuesta que raramente varía, una respuesta que llevo grabada a fuego en la mente desde hace años: un sueño por realizar.

¿Qué hay en esta vida que sea más importante que los sueños? ¿Qué somos sin esas ilusiones, sin los horizontes que nos impulsan hacia adelante? ¿En qué nos convertimos cuando nos quedamos huérfanos de ellos?

Cada día de mi vida debería pararme a mirar esa recurrente y retórica interrogación que me observa mientras duermo y, habiéndola respondido, sentirme más fuerte, más decidido, más valiente... Pero la realidad no es así: cada día cuando la leo bajo la cabeza e hinco la rodilla en el suelo, reconociendo la derrota, la vergüenza, de haber desperdiciado un día de mi vida sin luchar por lo que más quiero, sin jugármelo todo en cada momento.

Muchas veces es la parálisis que me invade -como escribió Samuel Becket en Esperando a Goddot-, provocada por el miedo a perder lo ganado, al peligro de la lucha, el miedo a perderme a mí, la que no me deja seguir mi sueño y me obliga a conformarme con las sombras o las migajas.

Llegado a este punto, me pregunto: ¿Quién soy? Soy solamente una sombra de mi yo soñado, mi yo actual es poco más que un esperpéntico alarde de mediocridad, conformismo y comodidad, todo en uno. Quiero seguir mi sueño pero el cómodo lecho en que retozo no me permite despertar de mi ilusión de realidad.

De modo que he decidido acabar con esta farsa, acabar con este espejismo y acabar con este títere de mí mismo para renacer, para mejorar, para superar los obstáculos que se me presenten y perecer en el intento.

Dicho esto, juro que no tendré más miedo. Juro que no tendré ya nada que perder y juro que lucharé para que mi vida sirva de algo. Juro que nunca desfalleceré. Siento que ha llegado ya la hora de empezar a escribir mi historia.



domingo, 4 de noviembre de 2012

Navegante

Alguna vez en la vida todos debemos emprender un viaje largo y peligroso, un viaje lleno de dudas y temores hacia lo desconocido. Este viaje lo empiezo solo, es recomendable. Estoy en la orilla de este mar blanco como la nieve que se posa en la cumbre de los montes o como las plumas de las imponentes gaviotas que guardan celosas el puerto.

Mi bote es pequeño, apenas me lleva a mí; no lo empuja el viento, el mar con su grácil y furioso aliento lo lleva adelante siguiendo mis deseos y pasiones.

Empiezo el viaje surcando un mar calmado y bondadoso: es bonito navegar así. Me dejo llevar por el delicado waltz de las olas y el claro y sencillo canto del mar... En esta vida todo es avanzar.

Y ¿a dónde te diriges? me preguntarás... Me dirijo al horizonte celeste que al final de este claro desierto se divisa, punto en que el blanco del mar se ve truncado bruscamente por el fiero azul del iris, del amor, ¡de la batalla!

Ante mí se abre esta muralla lapislázuli  de olas furiosas que amenazantes me invitan a dar la vuelta, a girar, a rendirme. ¡Pero el viento de la pasión, ahora más animosamente, empuja mi barco contra el arrecife de agua, me dirige hacia la victoria o hacia la muerte!

Al cruzar la oscura barrera el paisaje se transforma: las olas, antes mansas cual palomas, se han vuelto fieros tigres hambrientos; por doquier aparecen rocas que amenazan el casco del navío y bellas sirenas que con su canto me embelesan. Vientos contrarios afloran, aparecen preciosas islas llenas de atractivas promesas que intentan que desvíe el rumbo. Mil peligros albiran mis ojos y mi cerebro grita rabioso:

- ¡Loco! Gira, retírate, no sigas esta locura de sueño absurdo, esta ilusión... ¡Busca nuevas ideas, nuevas pasiones, nuevos horizontes!

Mi corazón, empujado quizás por el miedo, quizás por la embriaguez de la locura o quizás por ambos factores, se ríe a carcajadas y empuja aún más fuerte, quiere salir de mi pecho, ¡quiere ir más rápido, subir más alto, gritar más fuerte! ¡Quiere ver el amor! Y el viento que tira de mí empuja aún más furiosamente mi nave hacia el negro de tu pupila, hacia el espejo de tu alma.

La velocidad es mala consejera y contra las rocas nos estrellamos. Pero aún no he muerto, ¡hay que nadar, hay que destrozarse los músculos, los huesos, los pulmones y el corazón, hay que exprimir la vida del alma en la lucha por el amor! Es una obligación.

Las grandes olas me invitan a volver a casa: es fácil, sólo hay que dejarse llevar, es un bello viaje, sólo flotar, entrar en la danza del agua, volver al hogar...

Pero ya no atiendo a razones, nado y nado y pierdo las fuerzas y las vuelvo a encontrar en recuerdos pasados susurrados al oído de mi locura por mi corazón.

Paso por el cementerio que forman otros barcos que perecieron intentando lograr esta hazaña, aparecen los huesos de otros aventureros que antaño estuvieron llenos de amor y pasiones y hoy son sólo frágiles despojos del olvido.

Al final, ya casi sin esperanza, llego al último horizonte: el agujero negro, la cascada de tu ojo, el asalto a tu alma, el postrero paso a tu corazón: tu pupila.

Llega la decisión más difícil: saltar o no saltar: arriesgarse a lo desconocido, a la pérdida, a la muerte, a hundirse en la eterna oscuridad del olvido, a la locura aún mayor del amor no correspondido. Me asaltan las dudas mientras alargo el pie derecho. Tanto camino recorrido, tanta lucha, tanto esfuerzo... y lo más difícil es dar el último paso, avanzar esta fatídica zancada, dejarse llevar por la caída, el furor y la adrenalina.

Piso sobre el vacío y la inexistente oposición del aire cede a la presión de mi cuerpo: caigo en la pupila, hacia tu alma, hacia tu corazón. Valió la pena el viaje, valió la pena el sacrificio. Solamente caer, ver tu pupila, tu azulado iris, tus ojos risueños, tu cara, tu todo... Tu amor. Y pensar, por un breve instante, que el mundo gira, sin duda, a nuestro alrededor.

Para Sofía

viernes, 2 de noviembre de 2012

Un disfraz original

Esta mañana hace frío, es Halloween y, por lo que parece, este año el otoño ha decidido disfrazarse de invierno. ¡Qué bonito disfraz señor otoño! Parece que mis tortugas no se han dado cuenta de que es solamente un manto frío la máscara que llevas y ya se estan preparando para hibernar: son como helados derretidos, echadas en el suelo para aprovechar el tímido beso del Sol de las 12.

No sólo mis tortugas se han despertado hoy desconcertadas por tu disfraz: también el vecino que iba a recoger la  ropa que tendió ayer para que se secase y ha amanecido hoy cubierta por preciosas perlas de rocío que la embellecen y petrifican. El hombre, tosco y testarudo, no admira la belleza del cristal y golpea su camisa rosa chicle contra la escalera para despojarla de la pesada pedrería. No llore, señor vecino, no llore, creo que el otoño le ha hecho un gran favor despojándole de esa horrible prenda.

Mi calle también ha sufrido debido a la perfección de las formas del antifaz que luces; las señoras esta mañana ya no se agolpan en la esquina de la calle Macià para criticar la vecina del 3º  y el exceso de felinos que sirven de inquilinos a su vivienda. Todas están en el bar de la esquina tomando café y pastas ajenas a la tristeza y soledad en que dejan sumida la calle.

Tampoco ha salido hoy ninguna pareja a pasear cogida de la mano, prefieren estar en casa mirando el chasquido del fuego que descansa en el rincón, aprovechando su furioso calor que no solamente sirve para consumir la leña, pues también arden las pasiones.

Nadie ha pisado esta mañana la calle, salvo las hojas de los árboles que, amarillentas, se apresuran al suicidio temiendo que un otoño tan breve no les de la oportunidad de reverenciar como es debido al gran rey del invierno.

Lo más bonito de este disfraz es el cielo. Parece que hasta las amenazadoras nubes de tormenta, huyendo del frío, han ido a refugiarse a climas más cálidos, dejando solamente el blanco algodón que colma de vida el claro azul de la cúpula celestial, mientras las eternas golondrinas hacen las maletas para retomar el viaje anual hacia el sur.

Qué bonito disfraz has escogido este año otoño... ¡ha quedado muy bien! Yo lo aprecio desde la ventana que da al salón arropado con una manta y bebiendo té caliente como Carolina de Darío. Con la pluma en la mano miro como lentamente el Sol se apaga y se esconde, y recuerdo con melancolía que mañana ya no habrá disfraces, que todo será otra vez normal y que las calles se llenarán de gente y el cielo de pájaros y el aire de hojas y despertaremos de esta ilusión para volver a verte la cara y descubrir otra vez su gran belleza y que, a veces, cuando las cosas ya son perfectas, no hace falta soñar.

domingo, 28 de octubre de 2012

La prisión que me he construido

Hace ya un tiempo que intento abrir mis alas y echar a volar, recorrer el mundo y descubrir el semblante de mis compañeros de viaje que ocupan esta pequeña roca que por la galaxia da tumbos; comer distintos manjares, oler todos los mares y respirar los vicios, peligros, ilusiones y sueños de otras gentes.

Hace tiempo que esta idea me da vueltas por la cabeza e intenta tomar el control de mi destino... Eventualmente, en momentos de debilidad moral lo consigue. En esos momentos una idea romántica florece en mi alma: la de romper con todo, echar el cierre y volar hacia el horizonte con el viento como único guía y las aves vagabundas como compañeras. 

Entonces recuerdo la jaula, noto las cadenas en los tobillos, las esposas en las muñecas y el carcelero guardando la entrada que gritan: Recuerda tu familia, la necesitas; recuerda el amor, te clava al suelo; teme al futuro, es incierto; valora la amistad, es un tesoro; piensa en la fortuna y sus caprichos. Piénsalo, nota que la jaula crece, se embellece y se vuelve agradable, acojedora, tuya...

Y así noto ese plomo, esa bala del 36 atada a mis piernas, esa aguja en la nariz, el frío aliento del mar que se desliza dentro de mi cuerpo. Y esa bonita tumba lapislázuli se abre ante mis ojos, para siempre... Como un árbol clavado en la ladera del precipicio de la vida, liberando hojas de vez en cuando para poder seguir soñando que la libertad existe, que el sueño es posible y que la vida aún no se escribe, ésto es el preámbulo. 

Estas pesadas cadenas estan en mí, yo me las he puesto, yo las llevo con orgullo y busco nuevas ataduras para mi colección. Temo perderlas pues son parte de mí, ellas son mi esencia, mi seguro de vida, mi excusa para no mirar la vida a la cara.

Tengo miedo a despojarme de ellas, a quedarme desnudo, desprotegido, a salir a la calle sin mi armadura, solos yo y la vida, ya sin ningún espejismo, ninguna ilusión.

El deseo de libertad es fuerte, se adueña de mi: ¡Corre! ¡Salta! ¡Rompe las ataduras! Mira al destino a los ojos, juega y pierde, lleva la cabeza alta ante la derrota pues has sido valiente para afrontar el combate solo tú, tu alma y tu fortuna.

Mi locura, al igual que la de la mayoría, suele ser pasajera: me calmo y pienso, recapacito y me enmiendo. La mayor parte del tiempo no soy yo, soy mis cadenas; hierro, acero, plomo, carne y hueso, un sucedáneo de alma, un sueño de vida, una ilusión de felicidad... Pero alma, vida y felicidad en definitiva. Mi jaula es bonita y yo tengo miedo a volar.

jueves, 25 de octubre de 2012

Insomnio en la ciudad

Hace más de un año que vivo en la capital, Barcelona; desde entonces tengo un problema de insomnio: no puedo dormir antes de las 2 de la madrugada. En mi pueblo, al lado del mar, a las 11 de la noche suelo estar en la cama. Así pues, parece lógico pensar que el insomnio no es culpa mía sino de la ciudad.

Hoy he salido a la terraza por la noche y he visto un fenómeno curioso: el cielo nocturno no era negro, era de un color naranja claro que cualquiera podría confundir con la madrugada. Parce que la ciudad no se va a dormir, que siempre está despertando como el Principito en un planeta tan pequeño que puede ver salir el Sol muchas veces al día. En Barcelona hay un amanecer eterno, un continuo despertar... ¿Cómo dormir entonces?

Ya es otoño, el Sol se va a casa antes de lo que debería y convierte así la merienda en un sucedáneo de cena. Pero las ciudades modernas no pueden permitirse el lujo de dejar que un simple astro gobierne su ritmo, así que al oscurecer, las luces anaranjadas de las calles y edificios se proyectan al cielo tendiendo un manto rojo, cual Nilo invertido, haciendo así un día artificial. La ciudad no duerme: despierta continuamente, hora tras hora... Los coches pasan sin parar, la gente grita por las calles y debajo de nuestros pies se extiende una maraña de salas repletas de gritos, baile y bebida que dan una razón al Sol de bombillas artificial para brillar.

Así, los noctámbulos en esta soledad tan multitudinaria que teje la noche de la cuadriculada ciudad levantan esos ojos rojos y cansados al cielo, y para no sentirse tan solos aúllan cual lobos en un eterno grito, rezando para ver los miles de ojos de la noche y cobijarse bajo su manto protector y volver a casa y tomar leche con miel y dormir en sus camas seguros de que es de noche en su ciudad y la noche los guarda.