Hace más de un año que vivo en la capital, Barcelona; desde entonces tengo un problema de insomnio: no puedo dormir antes de las 2 de la madrugada. En mi pueblo, al lado del mar, a las 11 de la noche suelo estar en la cama. Así pues, parece lógico pensar que el insomnio no es culpa mía sino de la ciudad.
Hoy he salido a la terraza por la noche y he visto un fenómeno curioso: el cielo nocturno no era negro, era de un color naranja claro que cualquiera podría confundir con la madrugada. Parce que la ciudad no se va a dormir, que siempre está despertando como el Principito en un planeta tan pequeño que puede ver salir el Sol muchas veces al día. En Barcelona hay un amanecer eterno, un continuo despertar... ¿Cómo dormir entonces?
Ya es otoño, el Sol se va a casa antes de lo que debería y convierte así la merienda en un sucedáneo de cena. Pero las ciudades modernas no pueden permitirse el lujo de dejar que un simple astro gobierne su ritmo, así que al oscurecer, las luces anaranjadas de las calles y edificios se proyectan al cielo tendiendo un manto rojo, cual Nilo invertido, haciendo así un día artificial. La ciudad no duerme: despierta continuamente, hora tras hora... Los coches pasan sin parar, la gente grita por las calles y debajo de nuestros pies se extiende una maraña de salas repletas de gritos, baile y bebida que dan una razón al Sol de bombillas artificial para brillar.
Así, los noctámbulos en esta soledad tan multitudinaria que teje la noche de la cuadriculada ciudad levantan esos ojos rojos y cansados al cielo, y para no sentirse tan solos aúllan cual lobos en un eterno grito, rezando para ver los miles de ojos de la noche y cobijarse bajo su manto protector y volver a casa y tomar leche con miel y dormir en sus camas seguros de que es de noche en su ciudad y la noche los guarda.
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