Esta mañana hace frío, es Halloween y, por lo que parece, este año el otoño ha decidido disfrazarse de invierno. ¡Qué bonito disfraz señor otoño! Parece que mis tortugas no se han dado cuenta de que es solamente un manto frío la máscara que llevas y ya se estan preparando para hibernar: son como helados derretidos, echadas en el suelo para aprovechar el tímido beso del Sol de las 12.
No sólo mis tortugas se han despertado hoy desconcertadas por tu disfraz: también el vecino que iba a recoger la ropa que tendió ayer para que se secase y ha amanecido hoy cubierta por preciosas perlas de rocío que la embellecen y petrifican. El hombre, tosco y testarudo, no admira la belleza del cristal y golpea su camisa rosa chicle contra la escalera para despojarla de la pesada pedrería. No llore, señor vecino, no llore, creo que el otoño le ha hecho un gran favor despojándole de esa horrible prenda.
Mi calle también ha sufrido debido a la perfección de las formas del antifaz que luces; las señoras esta mañana ya no se agolpan en la esquina de la calle Macià para criticar la vecina del 3º y el exceso de felinos que sirven de inquilinos a su vivienda. Todas están en el bar de la esquina tomando café y pastas ajenas a la tristeza y soledad en que dejan sumida la calle.
Tampoco ha salido hoy ninguna pareja a pasear cogida de la mano, prefieren estar en casa mirando el chasquido del fuego que descansa en el rincón, aprovechando su furioso calor que no solamente sirve para consumir la leña, pues también arden las pasiones.
Nadie ha pisado esta mañana la calle, salvo las hojas de los árboles que, amarillentas, se apresuran al suicidio temiendo que un otoño tan breve no les de la oportunidad de reverenciar como es debido al gran rey del invierno.
Lo más bonito de este disfraz es el cielo. Parece que hasta las amenazadoras nubes de tormenta, huyendo del frío, han ido a refugiarse a climas más cálidos, dejando solamente el blanco algodón que colma de vida el claro azul de la cúpula celestial, mientras las eternas golondrinas hacen las maletas para retomar el viaje anual hacia el sur.
Qué bonito disfraz has escogido este año otoño... ¡ha quedado muy bien! Yo lo aprecio desde la ventana que da al salón arropado con una manta y bebiendo té caliente como Carolina de Darío. Con la pluma en la mano miro como lentamente el Sol se apaga y se esconde, y recuerdo con melancolía que mañana ya no habrá disfraces, que todo será otra vez normal y que las calles se llenarán de gente y el cielo de pájaros y el aire de hojas y despertaremos de esta ilusión para volver a verte la cara y descubrir otra vez su gran belleza y que, a veces, cuando las cosas ya son perfectas, no hace falta soñar.
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