domingo, 4 de noviembre de 2012

Navegante

Alguna vez en la vida todos debemos emprender un viaje largo y peligroso, un viaje lleno de dudas y temores hacia lo desconocido. Este viaje lo empiezo solo, es recomendable. Estoy en la orilla de este mar blanco como la nieve que se posa en la cumbre de los montes o como las plumas de las imponentes gaviotas que guardan celosas el puerto.

Mi bote es pequeño, apenas me lleva a mí; no lo empuja el viento, el mar con su grácil y furioso aliento lo lleva adelante siguiendo mis deseos y pasiones.

Empiezo el viaje surcando un mar calmado y bondadoso: es bonito navegar así. Me dejo llevar por el delicado waltz de las olas y el claro y sencillo canto del mar... En esta vida todo es avanzar.

Y ¿a dónde te diriges? me preguntarás... Me dirijo al horizonte celeste que al final de este claro desierto se divisa, punto en que el blanco del mar se ve truncado bruscamente por el fiero azul del iris, del amor, ¡de la batalla!

Ante mí se abre esta muralla lapislázuli  de olas furiosas que amenazantes me invitan a dar la vuelta, a girar, a rendirme. ¡Pero el viento de la pasión, ahora más animosamente, empuja mi barco contra el arrecife de agua, me dirige hacia la victoria o hacia la muerte!

Al cruzar la oscura barrera el paisaje se transforma: las olas, antes mansas cual palomas, se han vuelto fieros tigres hambrientos; por doquier aparecen rocas que amenazan el casco del navío y bellas sirenas que con su canto me embelesan. Vientos contrarios afloran, aparecen preciosas islas llenas de atractivas promesas que intentan que desvíe el rumbo. Mil peligros albiran mis ojos y mi cerebro grita rabioso:

- ¡Loco! Gira, retírate, no sigas esta locura de sueño absurdo, esta ilusión... ¡Busca nuevas ideas, nuevas pasiones, nuevos horizontes!

Mi corazón, empujado quizás por el miedo, quizás por la embriaguez de la locura o quizás por ambos factores, se ríe a carcajadas y empuja aún más fuerte, quiere salir de mi pecho, ¡quiere ir más rápido, subir más alto, gritar más fuerte! ¡Quiere ver el amor! Y el viento que tira de mí empuja aún más furiosamente mi nave hacia el negro de tu pupila, hacia el espejo de tu alma.

La velocidad es mala consejera y contra las rocas nos estrellamos. Pero aún no he muerto, ¡hay que nadar, hay que destrozarse los músculos, los huesos, los pulmones y el corazón, hay que exprimir la vida del alma en la lucha por el amor! Es una obligación.

Las grandes olas me invitan a volver a casa: es fácil, sólo hay que dejarse llevar, es un bello viaje, sólo flotar, entrar en la danza del agua, volver al hogar...

Pero ya no atiendo a razones, nado y nado y pierdo las fuerzas y las vuelvo a encontrar en recuerdos pasados susurrados al oído de mi locura por mi corazón.

Paso por el cementerio que forman otros barcos que perecieron intentando lograr esta hazaña, aparecen los huesos de otros aventureros que antaño estuvieron llenos de amor y pasiones y hoy son sólo frágiles despojos del olvido.

Al final, ya casi sin esperanza, llego al último horizonte: el agujero negro, la cascada de tu ojo, el asalto a tu alma, el postrero paso a tu corazón: tu pupila.

Llega la decisión más difícil: saltar o no saltar: arriesgarse a lo desconocido, a la pérdida, a la muerte, a hundirse en la eterna oscuridad del olvido, a la locura aún mayor del amor no correspondido. Me asaltan las dudas mientras alargo el pie derecho. Tanto camino recorrido, tanta lucha, tanto esfuerzo... y lo más difícil es dar el último paso, avanzar esta fatídica zancada, dejarse llevar por la caída, el furor y la adrenalina.

Piso sobre el vacío y la inexistente oposición del aire cede a la presión de mi cuerpo: caigo en la pupila, hacia tu alma, hacia tu corazón. Valió la pena el viaje, valió la pena el sacrificio. Solamente caer, ver tu pupila, tu azulado iris, tus ojos risueños, tu cara, tu todo... Tu amor. Y pensar, por un breve instante, que el mundo gira, sin duda, a nuestro alrededor.

Para Sofía

No hay comentarios:

Publicar un comentario