¡Es un gran palacio dorado! Sentado en un gran escaparate de cara al público y detrás de los músicos observo el espectáculo de las decenas de caras que ocupan las rojas butacas del teatro. En la platea abundan hombres y mujeres que hablan de vanalidades y política sin darse cuenta que oscurecen un ambiente tan brillante con palabras demasiado graves. Para no molestarme me aferro a la idea de que pronto estas tristes voces serán sustituidas por vibrantes melodías de violín y fluidos cantares de oboé. Hoy el teatro esta medio lleno (o medio vacío, para los pesimistas) pero seguro que en pocos minutos llegaran precipitadamente grandes señores y escuálidas damas, acalorados pero sin sudar, que buscarán con aparente tranquilidad y disimulada vergüenza su sitio en los laterales, pues las luces se han apagado y ya entran los músicos.
Detrás de las grandes puertas hay los artistas temblando de miedo e intercanviando a base de susurros los últimos apuntes para la velada. Están nerviosos. No les culpo. Hoy van a tocar el Réquiem. Me pregunto si tiene mucho sentido tocar un Réquiem estando todos los presentes tan vivos como puedo observar. De todas formas en la tercera fila hay un caballero que no se mueve. Quizás murió y va dedicado a él. Qué detalle tan humilde ha tenido dejando ocupar el centro de la escena a los músicos. Su señora que debería estar llorándolo le da un codazo. ¡Qué cruel con su marido de cuerpo presente! Sobresaltado, a la par que avergonzado, se despierta precipitadamente. Quiere que dé sensación de que no volverá a caer en la trampa de Morfeo, pero por sus interiores reza a Dios para no roncar.
Los músicos ocupan su lugar en el escenario. Forman un bonito semicírculo de instrumentos brillantes. Se nota que los aman. Me encanta este momento en que empiezan a tocar todos la misma nota, al principio fuera del registro y a medida que avanzamos, cantan todos un precioso La. Qué bella harmonía. Del caos nace el orden. De muchos uno. Todos los corazones de esas delicadas herramientas vibran a la vez para alcanzar un mayor fin.
Seguidamente sale el director. Lleva el pelo perfectamente rasurado intentando asemejarse a una seta o a un motorista retro. En las primeras filas se hace una quiniela sobre si es real o una peluca. Va ganando la segunda opción. Llega al estrado y hace una fugaz reverencia al público. Mira a los músicos. Sin mediar palabra agita los brazos en el aire y la orquestra estalla en un dulce rugido. Brusca entrada a tan delicada aventura.
Qué preciosidad de orquestra. Los violinistas se mueven como poseídos por la música y sus arcos cruzan el aire, a veces aporreándolo insensiblemente y otras acariciándolo con todo el amor del mundo. Mueven los dedos todos a la vez como hábiles costureros. Tejen los sonidos de lo eterno. Convierten los inertes puntos del papel en puros sentimientos. Imaginaos al genio Mozart, en sus delirios antes de morir, escuchar en su cerebro sentimientos y plasmarlos en el pentagrama. ¿Sabía que los oiríamos? Quería susurrarnos al oído en un lenguaje que no entendemos bellas historias, amores y desgracias. Quería que pudiésemos ser genios efímeros. Que por unos segundos fuésemos los dueños del mundo. Que sus notas nos liberaran, nos hicieran volar.
Detrás de la cuerda está el viento con sus grandes tubas, trompas y trompetas antaño doradas y que, a fuerza de cantar, van perdiendo el brillo. Creo que regalan una gotita de oro en cada nota que nace de sus entrañas para que embellezca el alma del corazón embelesado que la acoge. ¡Qué bonito oficio! Las miro unos minutos desteñirse y depositarse en los espectadores. En el corazón de esa anciana que en el reservado siente nacer un viejo amor. En ese hombre de negocios que olvida por un momento su teléfono móvil y la bajada de la bolsa. En ese niño que nunca olvidará este momento. En esa muchacha que desde lo alto del semicírculo siente que una sensación dulce se ha apoderado de ella por unos segundos. Qué bello espectáculo ver viajar las pepitas doradas hacia auditores al azar.
Detrás del ejército de violines que llevan el peso del acto y del delicado cinturón que forma el viento llega la percusión sobre la que recae el ritmo del concierto. A mano izquierda del director hay un hombre alto, escuálido, blanco como la leche dentro de un negro traje que le hace parecer más imponente. Pasa minutos mirando atento la partitura que no contiene más que silencios y al final un discreto punto donde debe actuar. Está muy atento al tiempo, al director, al violín, mira el papel, cuenta silencios, mira al director y vuelve a contar. Qué bonita ocupación estar rodeado de la más maravillosa música y contar los silencios que contiene. 1, 2, 3, 4, debe pensar y vuelta a empezar: 1, 2, 3, 4... y se cambia las baquetas de mano. 1, 2, 3, 4. Se pone rígido, va a actuar: miro con atención como cuenta el maravilloso silencio: 1, 2, 3, 4. Pero no golpea el tambor, se vuelve a relajar tímidamente y vuelve a contar silente. 1, 2, 3, 4. Nos reímos de su actitud pasiva en la obra. No hace nada: el director cuál marioneta, quema las grasas a montones. Los violines están poseídos por musas epilépsicas que mueven furisosos sus miembros y el viento resuena profundo en una cueva. Pero él, El Chico de los Bombos, no se mueve, está impasible, cuenta la nada: resulta chistoso. Sabe que nos reímos y nos mira con rabia y enojo ¡qué miedo! y vuelve a su cuenta infinita: 1, 2, 3, 4. Director 1, 2, 3, 4. Baquetas, rígido y volvamos a empezar.
Para relajarme miro al techo donde confluye el dorado con un intenso azul modernista. Donde un bosque choca con la estatua petrificada de unos caballos sobre el cenit del escenario. La música se filtra en el aire y les da vida, hace danzar las estatuas de las musas que adornan las paredes, mueve las ramas de los árboles del techo y arranca relinchos de los caballos tiempo atrás mudos, y a ellos se unen mi corazón y mi alma que llevaban tiempo callando para recordarme lo bonito que puede ser el mundo. Lo eterno que es un bello instante.